Unidad y empatía frente al coronavirus

Columna: Tiempos de Cambio

Jorge Luna

Han transcurrido exactamente dos meses desde que el coronavirus ingresó a territorio mexicano. A pesar de haber iniciado desde diciembre en la capital de Hubei: Wuhan, la ciudad más poblada de la zona central de China y una de las más pobladas del mundo; no fue sino hasta el 27 de febrero que se registró el primer caso en la Ciudad de México, una persona proveniente de Italia que contrajo COVID-19.

Poco menos de un mes después, el coronavirus comenzó a propagarse en la mayoría de los Estados y el Gobierno de México dio inicio a la segunda fase de la pandemia, suspendiendo tempranamente actividades en centros escolares, actividades económicas y reuniones masivas. Esta medida impidió que los contagios incrementaran aceleradamente y creó un escenario menos desfavorable en la fase 3 de la pandemia: la fase de contagio masivo.

Sin embargo, aunque en retrospectiva pareciera poco el tiempo de aislamiento social, la realidad es que los mexicanos somos, antropologicamente, personas que mantienen contacto constantemente con sus semejantes, más aún con familiares y amigos, por lo que más temprano que tarde hemos comenzado a padecer sus efectos secundarios. Patologías como la depresión, ansiedad y el estrés se han convertido en un verdadero obstáculo para el aislamiento y se encuentran en ascenso, afectando la salud de quienes las padecen e incidiendo, además, en la salud colectiva.

Todo ello sin perder de vista la consecuencia más severa que nos heredará la pandemia por coronavirus: una crisis económica y una consecuente hambruna globalizada.

Frente a este escenario, a los ciudadanos nos toca acatar y respaldar las medidas adoptadas por el gobierno federal que hasta ahora han propiciado un buen manejo de la pandemia, reconocido incluso por la ONU. Para contrarrestar los efectos adversos que inciden en la economía de los mexicanos, el Gobierno de México ha echado a andar una serie de programas y estrategias para reactivar el flujo económico con medidas de austeridad en el gasto público jamás antes vistas.

Pero como sociedad, nos corresponde además ser empáticos y solidarios con quienes menos poseen y quienes más han perdido. El pueblo de México ha demostrado en más de una ocasión ser un pueblo resiliente, ejemplo de ello es el apoyo colectivo durante los terremotos de 1985 y 2017 cuando la sociedad volcó sus fuerzas para apoyar a los afectados, algunos como rescatistas, otros más como paramédicos y muchos más donando alimentos para los damnificados.

Al igual que en aquellas circunstancias, ahora nos corresponde apoyar a quienes han quedado sin empleo, sin ingresos y consecuentemente sin sustento. No es necesario que seamos políticos, que creemos una fundación, una asociación ni nada por el estilo. Ni siquiera es necesario que lo subamos a nuestras redes sociales. Basta con brindar un apoyo de forma discreta, humilde, por más pequeño que sea, pero hacerlo de corazón, viendo en nuestro prójimo el reflejo de nosotros mismos o nuestros seres queridos en una situación similar.

La coyuntura que prevalece actualmente, nos ha enseñado – de una forma muy cruda – a priorizar las cosas esenciales de la vida: la salud, el alimento, la familia. De modo que podríamos prescindir de todo aquello superfluo que nos mantiene siempre ocupados, nos orilla a sobreexplotar nuestros recursos naturales y evita que disfrutemos de la vida. El auto nuevo, la casa nueva, la ropa de moda; las cosas materiales, se relegan a un lejano segundo plano cuando se presenta un escenario como el que estamos padeciendo.

Ahora que no estamos tan ocupados, podemos replantear nuestras prioridades y pensar en los demás. Seguro que al igual que en otras muchas ocasiones, los mexicanos saldremos juntos de esta crisis generalizada. No dividiendo, no polarizando ni politizando la desgracia, sino en unidad nacional, como el pueblo unido que siempre nos ha caracterizado.

La desgracia que hoy nos mantiene distanciados, tiene que ser el principio que nos una para construir una mejor sociedad, reforzada en los valores de la ética, el respeto, la solidaridad y el amor. Esta pandemia habrá de ser un nuevo punto de partida que nos empuje a vivir y convivir en armonía con el prójimo y con la naturaleza.

Jorge Ignacio Luna Hernández

Abogado de profesión

Regidor Tercero de Coatepec

Maestrante en Administración Pública.

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